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Una finca “robada” al mar
Freddy Pérez Cabrera
CAIBARIÉN.— Al viejo Luis Martín lo tildaron de loco cuando habló
de robarle un pedazo al mar con el objetivo de dedicarse a la
producción de alimentos.
Luis
Martín le robó un pedazo al mar para plantar un jardín productivo.
Todavía recuerda el día en que
comentó la idea a un grupo de
pescadores amigos del barrio, quienes, ni cortos ni perezosos, le
dijeron "olvídate de esa idea, que con el mar no hay quien pueda. Si
quieres, dedícate a la pesca, que vas a salir mucho mejor".
Mas,
el consejo no lo amilanó en su propósito. Obstinado como
siempre ha sido, convocó a sus tres hijos a una reunión familiar y
les expresó la determinación de utilizar el espacio trasero del
hogar para entretenerse sembrando algunas cositas que pudieran
ayudar al sostén de la familia.
A
los pocos días Daniel, Gabriel y Marcos, los hijos, con la guía
del veterano, comenzaron a abrir canales por donde el agua pudiera
salir y dejar libre el área fangosa, a la vez que cortaban el mangle
y toda la vegetación que cubría la zona.
Patios
familiares como los de Martha y Porfirio cuestan poco y producen
mucho.
"Fueron jornadas muy intensas, de mucho esfuerzo, donde no se
podía mirar para atrás. Metidos hasta las rodillas en aquella
pudrición, los muchachos lucharon fuerte con tal de complacerme.
Concluido el desagüe, vino otra parte dura, rellenar el área de
materia orgánica proveniente de un basurero cercano", cuenta el
agricultor caibarienense.
A partir de entonces, Luis y su familia comenzaron a forjar la
finca, que poco a poco comenzó a llenarse de plátano, malanga,
habichuela, yuca, boniato, cocoteros, tamarindo, frutabomba y otros
cultivos.
En apenas media hectárea de tierra florece ahora este jardín
productivo, sustentado a base del abono orgánico capaz de
contrarrestar el efecto provocado por la salinidad del mar.
Más allá de la finca, el patio de Luis constituye un monumento al
trabajo y a la voluntad de los hombres para sobreponerse a las
dificultades. Razones suficientes para que el último recorrido del
Grupo Nacional de la Agricultura Urbana le otorgara la categoría de
excelencia nacional.
Martha,
la reina de las frutas
La obsesión de Martha Vázquez y
su esposo Porfirio Guevara por
las frutas debe haber comenzado 17 años atrás, cuando fue
intervenida a corazón abierto por el eminente cirujano Álvaro
Lagomasino, quien le indicó comer muchas frutas y cuidarse de hacer
esfuerzos físicos violentos, entre otros requerimientos.
Activa
como siempre ha sido, siempre pensó que no iba a postrarse
en la casa sin hacer nada. Primero sembró flores, logrando una
cantidad asombrosa de diferentes variedades de rosas, nardos,
orquídeas y otros tipos de plantas.
Entusiasmada
por la idea, y con los beneficios económicos que le
proporcionaba la venta, poco a poco fue apasionándose con la
agricultura urbana y, a petición de la delegación del MINAGRI en el
municipio, decidió incursionar también en los frutales.
Ante
la carencia de posturas para fomentar este tipo de fincas en
el territorio, hablamos con el matrimonio, quien accedió a crear un
vivero, el cual cuenta en estos momentos con más de 8 000 plantas de
diversas variedades, expresó Edgardo Díaz Rodríguez, delegado del
MINAGRI en Caibarién.
"Aquí
tenemos tamarindo, frutabomba, canistel, caimito,
chirimoya, guanábana, naranja dulce y agria, limón, anón y guayaba,
entre otros tipos de frutas, las que son sembradas en bolsas de
leche o yogur entregadas por vecinos de la propia comunidad, además
de las donadas por niños impulsores de un movimiento recolector en
sus escuelas", explica Martha.
La
materia orgánica no es un problema porque nos encargamos de
crearla en la propia finca, a partir del humus de la lombriz y los
desperdicios de plátano y otras plantas existentes en la parcela,
asegura Porfirio, otro apasionado a la tarea.
La
agricultura urbana no lleva tantos recursos y sí mucha pasión
por lo que se hace. "Ya usted ve cuánto podemos ayudar en un
pedacito de tierra y somos dos personas nada más". |