Héroe en su tierra

Por estos días de mayo, el viejo Antonio González tiene derecho a comentar sobre el apego a la tierra, bondadosa cuando se le atiende

Ortelio González Martínez

CIRO REDONDO, Ciego de Ávila.— El resoplido de los bueyes sobre su espalda y el chirrear de los ejes de las carretas cargadas de caña todavía tintinean en el niño narigonero que fue. A Antonio Miguel González Rodríguez los sonidos le llegan tenues ahora porque tiene 85 años y ya la audición no le acompaña, pero queda el recuerdo.

Las matas de cafeto: la orden que le dio Fidel.

"Pregunte por ahí quién fui. Cualquiera dirá la verdad, porque siempre he sido un guajiro de palabra humilde. Fíjese si es así que jamás he ofendido a nadie. De esa forma conseguí ser respetado por más de 100 trabajadores cuando fui nombrado administrador general de una granja a inicios de la Revolución."

Tiene una dignidad que lo empuja hacia adelante. Por eso rehúsa que lo critiquen, no porque todo lo haga bien: "Una crítica a tiempo es buena, pero qué sentido tiene si ya actué mal. Lo lógico sería no dar motivo a esa crítica". Esa es su filosofía y la defiende.

El tiempo no ha podido derrotar a este hombre, y aunque reconoce que ya no sería capaz de cumplir largas jornadas de trabajo en el campo, a cada rato se encapricha y le da una vuelta a la cooperativa, junto a Chano, el presidente que lo relevó hace unos años. "Fue necesario el cambio. Ya no soy el mismo de antes, ni tengo las mismas fuerzas".

Y hablando de las críticas, ninguna como la que le hizo Fidel cuando, en enero de 1981 visitó la cooperativa. "Estábamos dando una vuelta por un naranjalito, me sugirió que lo limpiara, que estaba un poco enyerbado. También me comentó que debía sembrar una hectárea de cafeto. Horas después el naranjal quedó como un plato y en vez de una, plantamos 10 hectáreas".

El Héroe del Trabajo de la República de Cuba, el hombre que recibió la réplica del machete de Simón Reyes, mayor reconocimiento que otorga la provincia a personalidades destacadas en el quehacer cotidiano, vive en una guerra eterna de amor por el campo. Por eso, todos los días se levanta con el cantío del primer gallo y llega al huerto que él mismo fomentó a un lado del patio de la casa que hace años sustituyó al bohío de guano.

"Tengo col, lechuga, tomate, cebollas... ¡Ah!, y no me faltan las matas de cafeto. Las cuido con el corazón, porque fue la orden que me dio el Comandante en Jefe."

 

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